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El Rey desnudo: la derrota, la guerra interna y un Presidente atrapado en su laberinto

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Kicillof celebró el 46% y en Balcarce 50 explotó la interna libertaria. Caputo y Karina Milei contra los Menem: una pelea que deja al Presidente atrapado en un fuego cruzado que él mismo alimentó. El relato de la invencibilidad murió en Buenos Aires, y con él la fantasía de un Milei dueño absoluto del poder.

La luna de miel terminó y lo hizo con estrépito. El 46% contra 33% en la provincia de Buenos Aires no fue un resultado más: fue un baldazo de agua helada que enterró el mito del “fenómeno imparable”. La derrota no solo dejó a Axel Kicillof en carrera presidencial: abrió una grieta feroz dentro del corazón mismo del oficialismo libertario.

La pelea por los restos

En Casa Rosada se desató la clásica cacería de brujas. Nadie quiere cargar con el muerto, todos buscan salvarse a costa del otro. Y en el medio, la pregunta que arde: ¿qué queda del liderazgo presidencial cuando tus lugartenientes se disputan el botín de tu fracaso?

De un lado, el núcleo duro: Santiago Caputo y Karina Milei, guardianes de la pureza libertaria. Para ellos, el resultado confirma lo que venían diciendo: “el error fue pactar con la política, los Menem arruinaron el proyecto”. Sueñan con una purga total, cortar cabezas y blindar el poder en un esquema cerrado, hermético, donde nada se filtre sin pasar por ellos.

Del otro, los fusibles: Martín y Lule Menem, los plomeros del sistema, los encargados de negociar con la “casta” que Milei juró dinamitar. Hoy, acusados de no haber podido frenar a Kicillof, están en la mira. Son el chivo expiatorio perfecto. Y saben que su tiempo se está acabando.

El problema es Milei

Pero el verdadero conflicto no está en la pelea entre Caputo y los Menem. Está en el propio Milei. El Presidente no solo perdió una elección: perdió el relato. Su estilo de conducción, basado más en gritos de TikTok que en gestión real, está mostrando su límite. Y lo más peligroso es que lo está mostrando demasiado rápido.

El “Rey Desnudo” ya no puede ocultarse. Si gana Caputo, el gobierno se enrosca en un dogmatismo suicida, desconectado del país real. Si sobreviven los Menem, queda expuesta la gran mentira: que el mileísmo necesitó a la casta para intentar gobernar. En cualquiera de los dos casos, el mito de Milei como líder todopoderoso se desmorona.

El acta de defunción de la invencibilidad

La elección bonaerense marcó un antes y un después. No solo catapultó a Kicillof como presidenciable: dejó a Milei desnudo, sin relato, sin excusas, y cercado por sus propios demonios. La política argentina siempre huele la sangre. Y hoy la sangre está en la Rosada.

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